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Cocina

Cena de San Valentín en casa sin pasarte la noche cocinando

Un menú para dos pensado al revés: casi todo hecho antes de que suene el timbre, para que la cocina no te secuestre la velada.

Por Redacción· · 4 min de lectura
Mesa puesta para dos con velas y copas de vino en una cena en casa
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El plan suena romántico hasta que llegan las nueve y media y una está de pie, con el pelo oliendo a fritanga y tres sartenes al fuego mientras la otra persona espera en el salón. La cena en casa gana a cualquier restaurante lleno y con menú fijo, pero solo si la montas al revés: pensando primero en qué puedes tener hecho y luego en qué te apetece comer.

La regla de oro: un solo plato en directo

De todo lo que sirvas esa noche, como máximo una cosa debería cocinarse en el momento. El resto: hecho, enfriado, tapado y listo para calentar o sacar de la nevera. Con esa norma se cae solo el menú de tres pases con salsas al minuto, y lo que queda es mucho más disfrutable.

Elige también platos que se coman sin esfuerzo. Un marisco que hay que pelar, unas costillas que se comen con las manos o una sopa hirviendo no son el mejor compañero de conversación. Nada de sacar el mantel bueno para acabar con las uñas negras de gambas.

Entrante: crema o tostas, nada más

Una crema de zanahoria con naranja y un toque de jengibre se hace el día antes en veinte minutos y se recalienta en dos. Sale suave, dulce y con un color bonito, que en una mesa a media luz también cuenta. Sírvela en tazas o boles pequeños: raciones cortas, porque lo que viene después importa más.

Si prefieres algo frío, unas tostas de queso de cabra con cebolla caramelizada y unas nueces picadas se montan en cinco minutos con la cebolla ya hecha (aguanta días en la nevera y aprovechas para otras cenas). Un par por persona, servidas en una tabla, y suficiente.

El principal: dos caminos según el tiempo que tengas

Si puedes cocinar el día antes

Un guiso. Carrilleras al vino tinto, un estofado de ternera, unos muslos de pollo al horno con cebolla y ciruelas. Los guisos ganan de un día para otro: la salsa se asienta y la carne queda más tierna. Lo tienes en una cazuela en la nevera y esa noche solo lo pones a fuego suave.

De acompañamiento, un puré de patata hecho también antes (con leche caliente y una buena cucharada de mantequilla, y no lo pases de la batidora o se vuelve chicle) o una guarnición de zanahorias y chalotas asadas.

Si el tiempo es justo

Papillote. Un lomo de merluza o de bacalao sobre juliana de puerro y calabacín, un chorrito de aceite, vino blanco, sal, pimienta y un poco de eneldo o limón. Se cierra el paquete de papel de horno y va al horno unos doce o quince minutos, según el grosor. No se puede pasar demasiado, no salpica, no huele a frito y se sirve el paquete cerrado para abrirlo en la mesa, que además tiene su gracia.

Postre: mejor uno frío o uno que se hornea en un minuto

Aquí hay dos apuestas seguras:

  • Panna cotta o mousse de chocolate, hechas por la mañana o el día antes. Cuajan solas en la nevera y salen del frigorífico tal cual, con unas frambuesas o unas fresas por encima.
  • Coulant de chocolate, si te apetece jugártela con algo caliente. Se prepara la masa antes, se reparte en unos moldes individuales de cerámica y se guarda en la nevera; luego van al horno mientras retiráis los platos. El punto exacto depende de tu horno, así que hazlo una vez antes en un día cualquiera y apunta los minutos.

Y si la repostería no es lo tuyo: fresas, chocolate negro troceado y un buen queso. No hace falta más.

La mesa y el ritmo

Lo que de verdad cambia la cena no es el plato estrella, es que no haya prisa. Un par de cosas prácticas:

  • Pon la mesa por la mañana. Suena exagerado y es lo que más se agradece después.
  • Deja el fregadero vacío antes de empezar. Nada quita las ganas como una montaña de cacharros a la vista.
  • Ten el tinto a temperatura de bodega, no a la del salón con la calefacción puesta: quince minutos en la nevera antes de servir.
  • Luz cálida, música baja y móviles boca abajo en otra habitación.

Y si esta noche cenas sola

El menú vale igual, con la ventaja de que eliges tú todo. Haz el guiso o el papillote para dos y congela media ración: te lo agradecerás un martes cualquiera. Y monta el postre en una copa bonita, no en un táper. Es la misma mousse, pero no sabe igual.

Al final, el mejor menú de esa noche es el que te deja sentada a la mesa relajada y con hambre. Si el plan que has pensado no cumple eso, quítale un plato.

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