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Nadar en mar abierto: por qué hay que hacerlo paralelo a la orilla

La regla que evita la mayoría de los sustos en playas y pantanos, cómo reconocer una corriente de retorno y qué hacer si te atrapa.

Por Redacción· · 3 min de lectura
Nadar en mar abierto: por qué hay que hacerlo paralelo a la orilla
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Nadar en el mar o en un pantano no tiene nada que ver con hacerlo en una piscina, y el error más repetido es tratarlos igual. Hay una regla básica que resuelve la mayoría de los sustos: nada en paralelo a la orilla, no hacia dentro.

Por qué en paralelo

Si nadas hacia mar abierto, cada brazada te aleja de la única salida que tienes. El cansancio no avisa: aparece de golpe, y entonces la distancia de vuelta es exactamente la misma que has recorrido, pero con las fuerzas gastadas y muchas veces con el viento en contra.

Nadando paralelo, a una distancia en la que hagas pie o casi, en cualquier momento estás a unas pocas brazadas de tocar suelo. Puedes hacer exactamente el mismo entrenamiento —los mismos metros, la misma intensidad— con una fracción del riesgo. Es la razón por la que los nadadores de aguas abiertas con experiencia trazan sus rutas así.

Las corrientes de retorno

Son la causa de la mayoría de los rescates en playas y la gente las conoce mal. Se forman cuando el agua que las olas empujan hacia la arena vuelve al mar por un canal estrecho, normalmente en una zona donde rompen menos olas.

Se reconocen porque en esa franja el agua está más quieta, a veces más oscura, y puede arrastrar espuma o arena hacia fuera. Justo esa apariencia calmada es la trampa: parece el mejor sitio para meterse.

Si te atrapa una: no nades contra ella. Es más rápida que cualquier nadador y perderás las fuerzas en un minuto. Nada en paralelo a la orilla hasta salir del canal —suelen tener pocos metros de ancho— y solo entonces dirígete a tierra. Si no puedes nadar, flota de espaldas y pide ayuda con el brazo: la corriente pierde fuerza al alejarse y no te va a hundir.

Antes de meterte

  • Mira la bandera. Roja es prohibido bañarse, y no admite matices por buena que veas el agua. Amarilla, precaución y sin alejarse.
  • Nunca solo. Y si vas solo, que alguien en tierra sepa dónde estás y cuánto vas a tardar.
  • Hazte visible. Un gorro de natación de color llamativo es lo mínimo. Para travesías, una boya de arrastre naranja te hace visible a las embarcaciones y te da algo a lo que agarrarte.
  • Comprueba la temperatura. Entrar de golpe en agua fría provoca una respuesta refleja —hiperventilación, taquicardia— que ha causado más de un ahogamiento en personas sanas. Mójate la nuca y la cara antes.
  • Ni alcohol ni comida pesada. Y con digestión en curso, espera.

El equipo mínimo

Unas gafas de natación que ajusten bien cambian mucho: poder ver el fondo y orientarte reduce la desorientación, que es lo que dispara el pánico. Para agua fría o travesías largas, neopreno: además de abrigar, da flotabilidad.

Los pantanos tienen sus propios riesgos

Suelen infravalorarse porque no hay olas. Pero el agua está mucho más fría a poca profundidad, hay corrientes junto a las compuertas, la visibilidad es nula y con frecuencia no hay socorrista ni cobertura de móvil. La regla de nadar paralelo a la orilla vale ahí igual o más.

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