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Pareja e Hijos

Adolescentes y horarios: cómo negociar la hora de volver

La hora concreta importa menos que el acuerdo. Qué negociar, qué no, y por qué el móvil no sustituye a la confianza.

Por Redacción· · 3 min de lectura
Conversación con un adolescente en casa
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La hora de volver a casa es el conflicto clásico de la adolescencia. Y es un conflicto útil: es donde se aprende a negociar, a cumplir y a asumir consecuencias.

El principio

La libertad se amplía a medida que se demuestra responsabilidad. Es un intercambio explícito, y conviene decirlo así: «cuando cumples lo acordado, el margen crece».

Eso convierte el horario en algo que el adolescente puede influir, en lugar de una imposición arbitraria. Y da sentido a las consecuencias cuando no se cumple.

Qué se negocia y qué no

Negociable: la hora concreta, según la edad, el plan, el día de la semana y cómo vuelve.

No negociable:

  • Saber dónde está y con quién.
  • Cómo vuelve a casa. Nunca con alguien que haya bebido, nunca solo por sitios poco seguros de madrugada.
  • Coger el teléfono si se le llama.
  • Avisar si cambia el plan.

Estos cuatro son de seguridad. Conviene tenerlos separados del resto y no meterlos en la negociación.

Cómo se acuerda

Antes de salir, no en la puerta. Y con condiciones claras: hora, sitio, cómo vuelve y con quién.

Involucrarle en fijar la consecuencia funciona sorprendentemente bien: «¿qué te parece razonable si llegas una hora tarde sin avisar?». Los adolescentes suelen proponer consecuencias más duras que los padres, y las cumplen mejor porque las eligieron.

Y la consecuencia debe ser proporcionada y temporal. «No sales en un mes» es difícil de sostener y genera resentimiento; «este fin de semana vuelves una hora antes» es cumplible y enseña lo mismo.

El margen por edad

No hay una tabla universal, y como orientación: a los 14-15 años, vuelta antes de cenar o poco después. A los 16-17, más tarde los fines de semana, con la cuestión del transporte resuelta. A los 18 cambia el marco entero: son adultos, y lo que queda es una norma de convivencia —avisar— no de permiso.

Lo que más importa no es la hora exacta, sino que sea coherente y previsible.

Sobre el móvil y la localización

Muchas familias usan aplicaciones de localización. Puede tener sentido, y conviene tener claro qué es y qué no:

Si se usa con acuerdo y transparencia —«los dos nos vemos la ubicación, es por seguridad»— es una herramienta. Si se usa a escondidas y aparece un día en una discusión, destruye la confianza y enseña al adolescente a esquivarla, que es exactamente lo contrario del objetivo.

Y no sustituye a la conversación. Saber dónde está el móvil no es saber cómo está.

La conversación que hay que tener antes

Sobre alcohol, drogas y volver a casa. Sin sermón y con un pacto concreto:

«Si en algún momento estás en una situación que no controlas, llámame a cualquier hora. Voy a buscarte y esa noche no hay bronca. La hablamos al día siguiente.»

Esa frase salva situaciones reales. Un adolescente que teme el castigo se sube al coche de quien no debe.

Los errores

  • Normas que cambian según el humor del adulto.
  • Desautorizarse entre progenitores delante del hijo.
  • Interrogar nada más entrar por la puerta. Las conversaciones salen mejor al día siguiente, en el coche o haciendo algo juntos.
  • Comparar con los padres de sus amigos, en cualquier dirección.
  • Ceder por agotamiento tras insistir mucho: enseña que insistir funciona.

Y algo de perspectiva

Que discuta el horario es parte de su trabajo en esta etapa: está aprendiendo a separarse. Un adolescente que no negocia nada no siempre es una buena señal.

Lo que hay que mantener abierta es la puerta. El objetivo no es ganar la discusión de esta noche: es que dentro de dos años siga contando las cosas.

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