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Pareja e Hijos

Pesadillas y terrores nocturnos: diferencias y qué hacer

Un grito a medianoche no siempre significa lo mismo. Saber si tu hijo está teniendo una pesadilla o un terror nocturno cambia por completo lo que conviene hacer.

Por Redacción· · 5 min de lectura
Niño pequeño durmiendo en su cama con una luz tenue encendida
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Son las dos de la mañana y tu hijo grita. Llegas a su habitación y te lo encuentras sentado, con los ojos abiertos, agitado, y no parece reconocerte. O al revés: llora, se agarra a ti y te cuenta entre hipidos que había un monstruo. Son dos cosas distintas, y lo que funciona en una no sirve en la otra.

El terror nocturno: está dormido aunque no lo parezca

Suele aparecer en la primera parte de la noche, más o menos en las dos o tres horas siguientes a quedarse dormido, cuando el sueño es más profundo. El niño grita, se incorpora, puede sudar, tener el corazón acelerado, dar manotazos o empujarte si intentas abrazarlo. Tiene los ojos abiertos, pero no está despierto.

Por eso no responde cuando le hablas, no se calma con lo que normalmente lo calma y, al día siguiente, no recuerda absolutamente nada. Quien lo pasa mal es el adulto, no él.

Es más frecuente en niños pequeños y en edad escolar, y suele ir desapareciendo con los años. Casi siempre aparece cuando hay cansancio acumulado, fiebre, un cambio de rutina o una semana especialmente movida.

La pesadilla: se despierta y se acuerda

La pesadilla llega en la segunda mitad de la noche, en la fase de sueño en la que soñamos más. El niño se despierta de verdad, está asustado, te busca, te reconoce y te puede contar qué ha pasado con bastante detalle. A veces le cuesta volver a dormirse porque teme que el sueño continúe.

Al día siguiente se acuerda y puede sacar el tema. Las pesadillas forman parte del desarrollo normal: aparecen más cuando el niño está procesando algo que le impresiona, desde una película hasta un cambio de colegio.

Qué hacer en mitad del episodio

Si es un terror nocturno:

  • No intentes despertarlo. Si lo consigues, se despertará desorientado y asustado, y el episodio se alargará.
  • Quédate cerca sin agobiarlo. Habla bajito, con frases tranquilas, aunque no te conteste.
  • Tu trabajo es que no se haga daño: aparta lo que haya en el suelo, vigila la escalera si la hay, y poco más.
  • Espera. Suele durar unos minutos y termina solo, con el niño volviendo a tumbarse como si nada.
  • Al día siguiente, no se lo cuentes como si fuera un drama. Si no lo recuerda, no hace falta instalarle el miedo.

Si es una pesadilla:

  • Consuélalo, abrázalo y dale tiempo. Está despierto y necesita contacto.
  • Enciende una luz nocturna tenue y deja que mire la habitación: comprobar que todo está en su sitio ayuda más que cualquier explicación.
  • No discutas con el contenido del sueño («los dragones no existen»). Reconoce el miedo y pasa a lo concreto: estás aquí, está en su cama, no pasa nada.
  • Procura que vuelva a dormir en su cama, acompañándole un rato si hace falta, para que no se instale la idea de que la suya es el sitio peligroso.

Qué ayuda a que haya menos episodios

No hay fórmula mágica, pero sí patrones que se repiten. Casi todo pasa por el descanso y por la última hora del día:

  • Dormir lo suficiente. El cansancio acumulado es el disparador más habitual de los terrores nocturnos. Adelantar la hora de acostarse media hora durante una temporada a veces basta.
  • Una rutina predecible. Cena, baño, pijama, cuento, luz apagada. Siempre en el mismo orden y sin prisas de última hora.
  • Pantallas fuera un buen rato antes. No solo por la luz: por el contenido. Mucho de lo que aparece en vídeos cortos no está pensado para esa edad.
  • Cena ligera y no demasiado tarde. Irse a la cama con la digestión a medias no ayuda a nadie.
  • Hablar de los miedos de día. Los cuentos que hablan de miedos funcionan muy bien a esta edad porque permiten nombrar lo que da respeto sin tener que confesarlo en primera persona.

Si los terrores nocturnos aparecen casi siempre a la misma hora, hay una técnica que algunos pediatras recomiendan: despertarlo suavemente unos quince minutos antes de la hora habitual del episodio, durante unas noches. Pregúntalo en la consulta antes de aplicarla por tu cuenta.

Cuándo conviene consultar

La mayoría de estos episodios no significan nada preocupante y se resuelven con el tiempo. Merece la pena comentarlo con el pediatra si:

  • Ocurren casi todas las noches o varias veces en la misma noche.
  • El niño ronca fuerte, respira con la boca abierta o hace pausas al respirar: el sueño de mala calidad a veces está detrás.
  • Se levanta y camina por la casa de forma que pueda hacerse daño.
  • Hay movimientos raros, rígidos o repetitivos, o episodios también de día.
  • Está irritable, le cuesta concentrarse o se duerme en clase.
  • Las pesadillas giran siempre alrededor de lo mismo y coinciden con un cambio importante o algo que le haya ocurrido.

Si compartís habitación con un hermano o la vuestra queda lejos, un vigilabebés con sonido te ahorra levantarte a comprobar cada ruido y te permite intervenir solo cuando hace falta.

Lo que conviene recordar

Si no reacciona a ti, no lo despiertes: acompáñalo y espera. Si te busca y te reconoce, abrázalo y quédate hasta que vuelva a dormirse. Y si una temporada se complica, mira primero las horas de sueño y la última hora del día antes de buscar explicaciones más grandes. Casi siempre es ahí donde está la respuesta.

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