Perro y bebé en casa: las reglas que hay que tener claras antes
La preparación empieza meses antes de que llegue el bebé, no el día que entra por la puerta. Qué cambiar, qué no dejar nunca y las señales de aviso del perro.
Un perro equilibrado y un bebé conviven perfectamente. Los problemas casi nunca vienen de un perro «malo»: vienen de cambios bruscos, de rutinas que se rompen de un día para otro y de adultos que interpretan mal lo que el animal está diciendo.
Antes de que nazca
Aquí se gana la mayor parte del terreno, y hay que empezar con dos o tres meses de margen.
- Cambia las rutinas ahora, no después. Si los paseos van a ser a otra hora o los va a dar otra persona, empieza ya. Así el perro no asocia el cambio con la llegada del bebé.
- Delimita espacios con tiempo. Si la habitación del bebé va a estar vedada, ciérrala desde ahora.
- Repasa las órdenes básicas: «quieto», «a tu sitio», «suelta». Son las que vas a necesitar de verdad, con las manos ocupadas.
- Acostúmbralo a los sonidos. Hay grabaciones de llanto de bebé; se ponen a volumen bajo y se va subiendo a lo largo de semanas, asociándolo a cosas buenas.
- Que huela antes de ver. Llevar a casa una manta o un body usado del hospital antes de que llegue el bebé le da información con calma.
- Revisión veterinaria, desparasitación interna y externa al día.
La presentación
El día que llegáis, que el perro salude primero a la madre sin el bebé en brazos: lleva días sin verla y necesita ese momento. Después, con el perro ya tranquilo y atado, se le deja acercarse a olfatear a distancia. Sin forzar, sin acercarle el bebé a la cara, y cortando la sesión antes de que se sobreexcite.
Las reglas que no se rompen
Nunca solos, ni un segundo. Ni el perro más noble del mundo, ni «solo voy a por un vaso de agua». La inmensa mayoría de los accidentes ocurren en esos descuidos de treinta segundos. Una barrera de seguridad para puertas resuelve esto mejor que la buena intención.
El perro tiene un refugio propio donde nadie lo molesta, y eso incluye al niño cuando crezca. Un sitio al que pueda retirarse siempre.
No se le quita atención. Al contrario: conviene reforzar los momentos buenos justo cuando el bebé está presente, para que asocie su presencia con cosas agradables y no con destierro.
Higiene sin obsesión: lavarse las manos, no dejar que lama la cara del bebé, mantener el comedero fuera de su alcance cuando empiece a gatear.
Las señales de aviso
Un perro avisa mucho antes de llegar a más, y casi siempre en un lenguaje que los humanos ignoramos: se relame sin haber comido, bosteza sin sueño, aparta la mirada, se le ve el blanco del ojo, se queda rígido, se aleja. Todo eso significa «necesito espacio».
Si esas señales se ignoran repetidamente, el perro aprende que no sirven de nada y puede pasar directamente al gruñido. Y el gruñido no se castiga jamás: es información valiosísima. Un perro al que se le castiga por gruñir aprende a no gruñir, no a estar cómodo, y entonces sí desaparece el aviso.
Cuando el bebé empieza a moverse
La etapa de gateo es la de mayor riesgo, más que el recién nacido: el niño se desplaza, agarra, tira del rabo y de las orejas. Ahí es cuando hay que enseñarle —desde el primer momento y en serio— que al perro no se le molesta cuando come ni cuando duerme. Y si en algún momento la convivencia se tensa, un educador canino en casa cuesta bastante menos que un accidente.