«Este alimento se te va a las caderas»: por qué no funciona así
Ningún alimento se deposita en una zona concreta. Dónde acumula grasa cada cuerpo lo decide la genética y las hormonas, no el menú.
Es una creencia muy extendida: que el pan va a la barriga, que los dulces van a las caderas, que el queso va a los muslos. No hay ningún mecanismo fisiológico que permita eso.
Cómo funciona en realidad
Cuando se ingiere más energía de la que se gasta, el exceso se almacena como triglicéridos en el tejido adiposo. Ese almacenamiento ocurre a través del torrente sanguíneo y llega a todo el tejido graso del cuerpo, no a una zona seleccionada.
El alimento no lleva una etiqueta con destino. Lo único que determina si se acumula es el balance energético total del día, no el origen concreto de las calorías.
Qué decide entonces dónde se acumula
La genética. Es el factor principal. La distribución de los receptores en el tejido adiposo está determinada genéticamente, y por eso hay familias enteras que acumulan en la misma zona.
Las hormonas. Los estrógenos favorecen la acumulación en caderas, glúteos y muslos —el patrón llamado ginoide—; los andrógenos y el cortisol favorecen la zona abdominal —patrón androide—. Por eso la distribución cambia de forma notable en la menopausia, cuando bajan los estrógenos: muchas mujeres notan que la grasa se desplaza de las caderas al abdomen sin haber cambiado nada de lo que comen.
La edad y el estrés. El cortisol crónicamente elevado se asocia a mayor acumulación abdominal.
Lo que sí importa de lo que comes
Aunque la zona no se elige, la cantidad total sí depende de la alimentación. Y hay un matiz con base real: la grasa abdominal profunda —la visceral, la que rodea los órganos— se asocia de forma más estrecha con el consumo elevado de azúcares libres y alcohol.
El alcohol tiene aquí un papel específico: aporta siete calorías por gramo, y mientras el hígado lo metaboliza detiene otros procesos, entre ellos la oxidación de grasas. No es que «vaya a la barriga», es que favorece el balance positivo y el depósito visceral.
La distinción que sí importa
No toda la grasa es igual desde el punto de vista de la salud. La subcutánea —la que se pellizca, la de caderas y muslos— es metabólicamente bastante inocua. La visceral, la que rodea los órganos abdominales, es la que se asocia a riesgo cardiovascular, resistencia a la insulina e inflamación.
De ahí que el perímetro de cintura sea un indicador de salud más útil que el peso: por encima de 88 cm en mujeres y 102 en hombres se considera riesgo aumentado, con independencia de lo que marque la báscula.
Qué hacer, si acaso
Lo mismo que sirve para todo lo demás, sin trucos por zonas:
- Comida real, con verdura, legumbre, proteína suficiente y cereal integral.
- Reducir azúcares libres y alcohol, que es donde está el margen real.
- Entrenamiento de fuerza dos o tres días por semana.
- Dormir bien y gestionar el estrés, que suena a tópico y afecta al cortisol de verdad.
Y algo que conviene decir: la forma del cuerpo no es un fallo que corregir. Acumular en caderas y muslos es, desde el punto de vista metabólico, un patrón más favorable que acumular en el abdomen, aunque la publicidad lleve décadas diciendo lo contrario.