Dolor de espalda: qué hacer los primeros días y qué no
El reposo en cama empeora la recuperación. Qué recomiendan hoy las guías, cuándo hacen falta pruebas y las señales que sí son de alarma.
El dolor lumbar es una de las causas más frecuentes de consulta y de baja laboral. Y el manejo recomendado ha cambiado bastante respecto a lo que mucha gente sigue creyendo.
Lo primero: el reposo ya no se recomienda
Durante décadas se prescribía cama. Hoy las guías clínicas coinciden en lo contrario: el reposo prolongado retrasa la recuperación, debilita la musculatura y aumenta el riesgo de que el dolor se cronifique.
La recomendación actual es mantener la actividad dentro de lo tolerable. Eso no significa forzar: significa seguir moviéndose, caminar, hacer las tareas que se puedan, evitando lo que dispara el dolor.
Si el dolor es muy intenso, uno o dos días de menor actividad son razonables. Más allá de eso, contraproducente.
Qué ayuda los primeros días
- Movimiento suave y frecuente. Levantarse cada media hora, caminar un poco, cambiar de postura.
- Calor local. Una manta eléctrica o una bolsa de agua caliente 15-20 minutos varias veces al día relaja la musculatura y tiene evidencia razonable en dolor agudo.
- Analgesia si hace falta, pautada por el médico o el farmacéutico y por el tiempo mínimo necesario.
- Dormir bien colocada. De lado con una almohada entre las rodillas, o boca arriba con un cojín bajo las rodillas. Boca abajo es la peor postura para la zona lumbar.
- Seguir trabajando si el puesto lo permite, adaptando lo que haga falta. La vuelta temprana a la actividad mejora el pronóstico.
Lo que no ayuda
El reposo en cama. Ya dicho, y es el error más extendido.
Las fajas lumbares de uso continuado. Puntualmente para un esfuerzo concreto pueden servir; llevadas todo el día debilitan la musculatura que precisamente tiene que sostener la espalda.
Las pruebas de imagen precoces. Este es importante: en un dolor lumbar sin signos de alarma, las guías recomiendan no hacer radiografías ni resonancias en las primeras semanas.
El motivo no es ahorrar: es que los hallazgos degenerativos —protrusiones, artrosis, deshidratación discal— son extraordinariamente frecuentes en personas sin ningún dolor, y aparecen en la mayoría de las resonancias a partir de cierta edad. Ver esos términos en un informe genera miedo, reduce la actividad y empeora el pronóstico, sin cambiar el tratamiento.
Las señales de alarma
Estas sí obligan a consultar sin esperar:
- Pérdida de control de esfínteres o anestesia en la zona genital y perineal. Es una urgencia inmediata.
- Pérdida de fuerza progresiva en una pierna, o el pie que se cae al andar.
- Dolor tras un traumatismo importante, o en personas con osteoporosis.
- Fiebre acompañando al dolor.
- Pérdida de peso sin explicación, antecedentes de cáncer, o inmunosupresión.
- Dolor que no cede en reposo y despierta por la noche.
- Edad de inicio por debajo de los 20 o por encima de los 55 en un primer episodio.
Lo que previene las recaídas
Aquí la evidencia es bastante clara y apunta en una sola dirección: el ejercicio. No uno concreto —da igual nadar, caminar, pilates o pesas—, sino hacerlo de forma regular.
Fortalecer la musculatura del tronco y de las caderas, moverse a diario y no pasar horas seguidas en la misma postura hacen más que cualquier colchón, faja o tratamiento pasivo.
Si el dolor supera las seis semanas o se repite, la fisioterapia con ejercicio pautado es lo que mejores resultados tiene. Una esterilla de ejercicio en casa y quince minutos diarios rinden más que cualquier aparato.